Una novela de suspenso
escrita por Roberto Campos.
"No sé por qué les dicen curas, si son la propia enfermedad". Mi abuela me repetía esa frase de Facundo Cabral refiriéndose al párroco de su iglesia. En aquel momento, yo tendría apenas doce años y era demasiado joven para entender el juego de palabras.
A pesar de ser tan crítica de la iglesia, mi abuela era una ferviente católica que concurría a misa todos los domingos. Yo siempre estuve convencido de que, en política y en religión, las personas que más participan en las actividades terminan siendo las más acérrimas críticas de las instituciones.
En todo caso, ella tenía muchos refranes y era, a decir verdad, una fuente inagotable de ocurrencias. Yo heredé parte de su chispa. Aunque, en este caso, el alumno no superó a su maestra.
Siempre fui católico y creí en la existencia de Dios, que representa una instancia superior a la del ser humano, aunque últimamente no había estado concurriendo a la iglesia. Básicamente, porque la misa me resultaba aburrida. Quizás se trataba de un error, dado que una ceremonia religiosa no tenía por qué ser entretenida. Aunque los curas carismáticos pudiesen pensar lo contrario.